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L.C. HANLON
The Miami Herald
El día no trajo consigo ninguna señal, premonición o
advertencia de un inminente desastre.
Tomás Bernardo Sinisterra había regresado esa mañana a Cali de un viaje de negocios,
después de haber perdido su vuelo procedente de Bogotá la noche anterior. Tomó un taxi
en el aeropuerto, hizo una parada en su oficina, y fue a casa para cambiarse.
Pero alguien había llamado por teléfono a su casa. No dejó ningún nombre, sólo un
mensaje: había intrusos en el terreno de Sinisterra, el terreno donde él estaba
construyendo su nueva casa, en el área casi baldía justo un poco más arriba en esa
misma calle. Era un problema reiterado. Sinisterra agarró su maletín con las cosas de
hacer deporte, pensando ir al gimnasio después del trabajo, y se dirigió al terreno.
Pero cuando llegó allí, no había intrusos, sólo un hombre que le estaba echando agua a
un miserable manojo de hierba; la cosa más tonta. ¿Qué estaba haciendo? le preguntó
Sinisterra. Y entonces los oyó.
``Psssst''.
Volvió el rostro sólo para enfrentarse a seis hombres que le apuntaban con armas
semiautomáticas. No tenían uniformes de fatiga y tampoco llevaban el rostro cubierto.
``Secuestro'', susurraron.
``¿Qué pensé en ese momento?, musita Sinisterra, exactamente dos años después. ``Lo
único que podía pensar en un momento como ese: me llegó mi turno''.
El 21 de marzo de 1997, Tomás Bernardo Sinisterra --de 41 años,
padre de Daniel, de 15, y Santiago, de 12, y futuro padre de Natalia, esposo durante 16
años de Margarita, maestra, hijo de Ramiro, ingeniero civil, y Lybia, maestra de
prescolar--, se convirtió en una estadística: una persona más secuestrada en Colombia,
que posee el amargo título de ser el país con más secuestros en el mundo.
Dependiendo de la fuente, la cifra de secuestros del año pasado fluctuaba entre 1,844 y
2,388. Estos son perpetrados en su mayoría por grupos de la guerrilla marxista,
principalmente las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el ELN (Ejército
de Liberación Nacional). Para la insurgencia colombiana, la práctica se ha convertido en
un medio tremendamente lucrativo de financiar su guerra de décadas contra el gobierno
colombiano.
El problema es tan serio que el ejército tiene una unidad antisecuestros, Gaula (Grupo de
Acción Unificada para la Liberación Personal), que no solamente combate la extorsión y
los secuestros, sino que también proporciona servicios psicológicos gratuitos a las
víctimas y sus familias. La insurgencia considera tanto a la respetada agencia como una
amenaza que el mes pasado plantó una bomba en la sede central de Gaula en Medellín, lo
que causó la muerte de 10 personas.
Un secuestro promedio dura de ocho meses a un año. El de Sinisterra duró seis meses. Lo
que sigue a continuación es el relato de este hombre y su familia mientras atravesaban
seis meses de aislamiento, vacío y flagrante terror. Un rescate ridículamente elevado,
la muerte de un padre y el nacimiento de una hija convirtieron la experiencia de
Sinisterra en algo único, aunque una historia similar pudiera ser contada por más de
1,000 colombianos todos los años.
Tomás: ``Cuando uno ve a seis hombres con armas, el primer
instinto es correr. Pero uno sabe que a partir de ese momento, eso es imposible, y hay que
resignarse al hecho de que todo sólo acaba de comenzar. Yo soy una persona muy tranquila.
Pero estaba aterrorizado. Me amarraron con un alambre, con los brazos detrás. Me vendaron
los ojos con una camisa. Eran las 11 a.m., en el medio de la calle, pero no había nadie
por allí.
``Me metieron en el asiento trasero de mi automóvil, un Trooper, me tiraron en el piso y
se pusieron en marcha. Esos primeros momentos, en el auto, son muy angustiosos, porque
todo puede salir mal. Lo pueden matar a uno. Pero más que eso, es algo muy confuso.
Tantas cosas pasan por la mente. Mi padre estaba moribundo [de cáncer cerebral]; mi
hermano estaba en Estados Unidos; mi esposa estaba embarazada y sufría de ataques de
eclampsia; mi hermana no conocía nada del negocio de la familia, que no estaba marchando
bien. Mi familia dependía de mí. En ese momento --Sinisterra hace una pausa, hablando
muy despacio y apoyando cada palabra con un gesto de su mano-- todos... dependían...
de... mí''.
Cali, una ciudad de más de dos millones de habitantes, y el área que la circunda, el
valle del Cauca, son los principales sitios para los secuestros. Esta es una tierra
agrícola rodeada de empinadas y densas montañas. Es muy fácil llegar a ellas y muy
fácil también perderse allí. Sinisterra fue llevado hasta la base de las montañas
donde, todavía vendado, le pidieron que saliera del auto, que entregara todas sus
pertenencias y que se identificara.
Cuando le removieron la venda, se encontraba solo con cinco hombres, los miembros de la
guerrilla que le acompañarían durante todo el secuestro. Eran jóvenes de entre 15 y 22
años. Estaba armados. Vestido con jeans y una camiseta, Sinisterra recordó sus tenis,
que estaban todavía en su bolsa del gimnasio, y se los puso. El grupo se adentró en las
montañas y se dirigió hacia una granja abandonada donde esperaron hasta que se pusiera
el sol. Le dieron de comer un huevo y agua. Tenía mucho frío. No llevaba abrigo. No
tenía idea alguna de quiénes eran sus secuestradores.
"Ahora eres prisionero de guerra"
A pocas calles de su domicilio, el 21 de marzo de 1997, la guerrilla secuestró en Cali al
ingeniero Tomás Bernardo Sinisterra. Se iniciaba así una larga odisea de seis meses que
vivirían tanto la víctima directa como su familia. Sinisterra y su esposa, Margarita,
recuerdan los primeros días de ese terrible semestre.
Margarita: ``Estábamos viviendo en la casa de mi suegro, que
estaba muy enfermo. Yo lo estaba acompañando, cuando el empleado que había salido con
Tomás regresó y me dijo: `Han secuestrado al señor Tomás'. Yo dije: `¿Qué, qué?' ''
``Lo increíble fue que a Tomás lo secuestraron a las 11 a.m. A mediodía, ya los
periódicos estaban llamando para pedir detalles. Creo que los propios guerrilleros les
avisan. Les dije que si de veras querían ayudar, que no volvieran a llamar''.
``Llamé inmediatamente a un grupo de personas allegadas, las que pensé que podían
ayudarme a tomar decisiones, pero la verdad es que no sabían nada de nada. Y en verdad
debiera existir esa opción: ¿Qué hago si me secuestran?''
Tomás Sinisterra proviene de una familia de hombres de alta estatura. Todos miden más de
1.90 metros, con rasgos distintivos y ojos hundidos bajo una frente amplia y romana. Es
ingeniero civil como lo era su padre, y dirige un negocio familiar con 40 años de
establecido. Como tantas otras familias de la zona, los Sinisterra tienen una buena
posición sin ser muy ricos, y son conocidos sin ser precisamente celebridades locales.
En otros tiempos, en Colombia sólo secuestraban a los extremadamente adinerados. Ahora
también secuestran a los de clase media alta. Las guerrillas los acechan durante varias
semanas, a veces durante meses, e investigan sus rutinas diarias y sus finanzas.
Secuestrar a alguien es costoso: para obtener información financiera hay que pagar, y a
los que llevan a cabo el secuestro hay que pagarles por entregarle la persona secuestrada
a la guerrilla en las montañas. El precio promedio que se pide de rescate es de $10
millones, según dice el mayor José Gabriel Pachón, comandante de GAULA (Grupo de
Acción Unificada de Lucha Antisecuestro). Según se desarrollan las negociaciones, la
suma se reduce. La cantidad que típicamente se paga por un secuestro es de medio millón
de dólares en efectivo.
Tomás: ``Cuando oscureció, vino el jefe y me dijo: `Ahora
eres un prisionero de guerra'. Y a los demás: `Cuidaremos al prisionero de guerra. Saben
que esto hay que tomarlo muy en serio'. De nuevo me habló directamente y me dijo: `Si
intentas hacer cualquier cosa, mueres. Ni se te ocurra tratar de huir' ''.
``¿Adónde iba a huir? Cruzamos un río, y el agua nos llegaba hasta el pecho. Era un
lugar pantanoso. Llegamos al campamento a las 10 o las 11, literalmente en medio de la
jungla. Me hicieron un cambuche [una cama de follaje con un plástico encima para la
lluvia].
``Fue una noche muy difícil. Al acostarme, me di cuenta de que era custodiado por dos
individuos en todo momento. Los oía cuchichear y me preguntaba qué dirían. ¿Qué
estarían tramando? ¿Qué?''
Margarita: ``Les hablé a los niños cuando llegaron de la
escuela. Y a las 6 p.m. me llamaron diciéndome: `Señora, somos sus amigos y le vamos a
dar instrucciones'.
``Me dijeron que comprara un radio de onda corta para comunicarme con ellos y que fuera a
determinado lugar el viernes a las 2 de la tarde. Les pregunté cómo estaba él y me
dijeron que estaba bien. Antes de que pudiera preguntarles nada más, colgaron. No
pidieron dinero. Uno quiere acabar con el asunto, pero ellos van a su propio paso''.
Margarita envió a un amigo al lugar acordado, una zona desolada en las afueras de Cali,
donde puede haber comunicación por radio sin interferencias. Aunque se les dijo que no
contactaran al Ejército, un miembro del GAULA los acompañó.
Dentro de las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) hay decenas de subgrupos o frentes
semiautónomos. Basándose en el lugar, la dirección de la llamada y las instrucciones
que les dieron, los servicios militares de inteligencia supieron identificar a los
secuestradores de Sinisterra.
Ese día, sólo pidieron un radio más potente. Los Sinisterra pidieron pruebas de que
Tomás estaba vivo: formularon preguntas específicas, cuyas respuestas sólo sabría dar
él: los apodos que él les daba a los hijos. Les respondieron que tendrían respuestas en
20 días, si iban al mismo lugar.
Tomás: ``Al día siguiente sentí pánico. Tardé un poco en
aceptar que los guerrilleros no me iban a matar enseguida. Ese día decidí cómo iba a
subsistir. No iba a hablar. No iba a establecer ninguna relación con ellos. Iba a vivir,
todo marcharía bien. Margarita y yo estaríamos juntos de nuevo y Dios nos ayudaría a
atravesar aquello''.
``De ningún modo iba a hacer amistad con ellos. Pude haberles pedido una guitarra y
haberme pasado seis meses tocando y cantando con ellos allí. Pero ése no iba a ser mi
papel. Y finalmente mi posición hizo que me respetaran''.
La doctora Consuelo Acosta, psicóloga del Programa Presidencial de Libertad Personal,
dice: ``Parecerá triste, pero hay que portarse bien, ser sumiso. No totalmente, porque si
piensan que la persona se humilla la tratan peor. Hay que mantener la calma, decidir que
uno quiere sobrevivir porque la familia lo espera. Eso generalmente significa establecer
cierto tipo de relación con los secuestradores. Pero quien no hace eso, como en este
caso, puede que sea porque algunos secuestrados quieren ganar pequeñas victorias. Esa fue
su victoria, su modo de mantenerse arriba''.
Seis meses de cautiverio en medio de minas
La guerrilla se dispuso a hacer su primera oferta, tras casi tres semanas de silencio
absoluto, como parte de su tratamiento psicológico a la familia de la víctima.
Margarita: ``Lo primero que hice fue llevar un diario. Llené
ocho de ellos con todo lo que pasaba, a fin de que Tomás los leyera cuando regresara.
También comencé a atender el negocio... pero una cosa que no podía hacer era oír
música''.
Tomás: ``Yo creía que me estaba volviendo loco. Creí que ya estaba loco. Pude haber
hecho mi situación más llevadera hablando con ellos. Pude haberles pedido un libro, pero
probablemente se habrían tomado dos meses en traérmelo y yo rehusé creer que estaría
allí más de dos meses. Después serían cuatro... y después... no supe qué pensar''.
Margarita: ``Alguien nos prestó un radio [intercomunicador]. Y después de 20 días llamaron y pidieron cinco millones de dólares. Era tan absurdo, que nuestro negociador se rió. Dijeron que volverían a llamar en un mes. Y ese fue el fin de la conversación. Pasó un mes y no llamaron. No llamaron de nuevo''.
Jim Brooke (director administrativo de Kroll Associates, una compañía que maneja crisis internacionales): ``En Colombia las negociaciones toman meses en lugar de días... mucho de eso es psicológico''.
Margarita: ``Dos días después que lo secuestraron mi cuñada me llevó a una clarividente. Fue muy amable y sólo me dijo cosas positivas, pero nada se hizo realidad. Los extorsionistas siempre salen al paso después de un secuestro. Todos quieren dinero. Luego fui a una astróloga. Y después a otra bruja que me dijo que iban a matar a Tomás y que ella era la única que podía ayudarme.
``Dijo que no me cobraría nada, excepto por los materiales. Necesitaba $500 semanales para comprar velas y orar. Le pregunté si estaba loca, le dije: `no tengo siquiera el dinero para pagar la recompensa, ¿y usted cree que lo voy a gastar en velas?' ''
Consuelo Acosta: (Psicóloga) ``La familia se pasa meses sin
recibir pruebas de que la persona está viva. Meses de silencio. Tocan a todas las puertas
hasta que no les queda ninguna por tocar. Es muy frustrante. No se puede poner un límite
de tiempo en los secuestros. Si lo haces, sólo te vas a herir una y otra vez. Tienes que
aprender a esperar''.
A finales de abril, Santiago, el hijo de 12 años de Sinisterra, le escribió una carta al
gobernante cubano, Fidel Castro, que en un discurso dijo que ``no hay nada más importante
que un niño''. He aquí un párrafo de esa carta:
``Estimado señor Fidel Castro: Mi mamá está cada día más cansada y frustrada no sólo
debido a mi papá sino porque está embarazada y mi hermanita va a nacer en sólo dos
semanas. Creo que cometieron un error en secuestrar a papá porque no tenemos el dinero
que piden y nunca lo tendremos. Yo he ahorrado algún dinero por muchos años pero no es
suficiente. Señor Fidel: quiero pedirle el favor más grande que he pedido en mi vida.
¿Hablaría usted con la guerrilla para decirles que no hay nada más importante que un
niño? Mire, mi hermanita nacerá pronto y ella, mi hermano y yo necesitamos a nuestro
padre. Por favor, ayúdeme''.
Castro no respondió a la carta.
Tomás: ``Nunca me ataron, así que decidí mantener una
rutina para aliviar las presiones. Plantaron minas alrededor mío y el jefe era el único
que podía desactivarlas. No era solamente para que no pudiera huir sino para su propia
protección, en caso de que el Ejército los emboscara''
``Me levantaba a las 6 a.m., encendía mi velita y rezaba dentro de mi cambuche. Escuchaba
el radio y luego caminaba alrededor de mi pequeña área hasta las 12 del mediodía. Luego
almorzaba algo, caminaba más, llegaba la hora de la comida y regresaba a mi tienda.
Básicamente meditaba todo el día, rezaba mucho. Tenía conversaciones con Margarita y la
gente en la oficina''.
``Sólo me cambié de ropa dos veces en seis meses. Debo haberme bañado unas diez veces
en el río, pero nunca me peiné ni afeité. Estábamos en lo más alto de las montañas.
Desde allí podía ver el mar Pacífico, al otro lado''.
Margarita: ``Di a luz en mayo... Llevé a la niña a ver a su
abuelo [Ramiro Sinisterra, quien estaba muy enfermo]... Esa noche, después de verla,
Ramiro murió. La gente venía a darme el pésame y al mismo tiempo me felicitaba por el
nacimiento de Natalia... ¿Te imaginas?''
Margarita comenzó a escribir cartas [a los secuestradores] detallando la situación tan
precaria de la familia y lo imposible de pagar un rescate de ese monto. Envió una
proposición de $15,000 con un mensajero... Era todo lo que podía pagar. Pasó un mes. El
mensajero le dijo que la guerrilla lo consideró como un insulto.
Margarita: ``Tuve miedo de que se disgustaran... Pero no
puedes ofrecer un millón y luego no cumplirlo... Sería un error. Tienes que mantener tu
palabra''.
Las negociaciones comenzaron [en julio]. Margarita comenzó a recolectar el dinero: $5,000
por aquí, $1,500 por allá. Por su parte, Tomás escribió una proposición en la que
detallaba su situación financiera. Los datos coincidían con los de Margarita.
Tomás: ``Me dijeron que sabían que habían cometido un
error conmigo. Que ahora su posición era que no estaba secuestrado, sino `detenido' y que
me pedirían el pago de un impuesto como a cualquier otro''. Finalmente, el 27 de
septiembre, Tomás Bernardo Sinisterra fue devuelto a su familia. El pago fue
considerablemente menos de medio millón. Había perdido 15 kilos pero tenía buena salud.
El y su familia se fueron más tarde de Cali, una ciudad donde se sentían sitiados. Nunca
ha sabido quién, de su círculo de conocidos, dio su nombre a las guerrillas.
Recientemente Sinisterra, un ferviente opositor a los secuestros [como arma de guerra] le
escribió a las guerrillas pidiéndole la libertad de los feligreses que fueron
secuestrados en una iglesia en Cali. También ha sido extremadamente crítico de las
condiciones sociales y la corrupción del gobierno en Colombia. La experiencia del
secuestro permanece ``como una cicatriz'', dice la psicóloga Acosta. ``He hablado con
personas que fueron secuestradas 20 años atrás y todavía lo recuerdan con dolor. Pero
la mayoría de las personas utilizan la experiencia positivamente. Las familias se
enriquecen emocionalmente; adquieren la habilidad de tomar decisiones, se unen más. Y
todos tienden a valorar la vida y la familia por encima de las posesiones''.
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